viernes, 24 de agosto de 2012

ICFES, UNA COLOMBIANADA MÁS



Por: Jairo A. Cárdenas A.

Era domingo. Me levanté temprano porque así lo deseó Dios y mi vejiga. Fui a la cocina a preparar mi desayuno. Cociné lo que mejor me queda: cereal con leche. Abrí la ventana. Día nublado y con un clima perfecto para volver a la cama y seguir durmiendo hasta tarde. Me senté en mi cómoda pero rechinante mecedora de madera viendo hacia la calle. Pero un momento ¿acaso no es domingo sino lunes? ¿Quién más que mi vejiga se levanta un domingo a las siete de la mañana? No importa donde viera, solo miraba un ejército de colegiales uniformados marchando hacia el colegio.
 
Parecía que una vez más se había corrido mi horario y era lunes y no domingo como yo pensaba. En tres cucharadas terminé el cereal y brinqué hacia la ducha. Ya arreglándome para salir a la universidad prendo el televisor para ver las noticias. Pero no habían noticias, Dios me mando un ángel en forma de cura con voz y guitarra desafinada que me confirmó que ese día sí era domingo. Me ahorro el largo viaje a la universidad y los dos mil ochocientos pesos de pasajes. Gracias diosito, gracias padre chucho; pero por favor ya no cantes.
 
Entonces salgo de la casa intrigado por el movimiento masivo de estudiantes. A lo lejos veo a Edgar un amigo que aún está en grado once. Cuando pasa por mi lado le pregunto que para dónde va uniformado. Con cara de terror, angustia y preocupación deja escapar una pequeña palabra pero larga en su significado: ¡ICFES!
 
Lo entendí todo, con razón tantos jóvenes caminaban cabizbajos hacia el colegio armados únicamente de un lápiz, un saca punta y un borrador de nata. Me entristecí tanto por ellos. No hay cosa más aburrida e inútil que las pruebas ICFES. Sin contar que son la injusticia académica más grande, un mundo de corrupción colegial entre profesores y estudiantes. Y como si fuera poco le deja las nalgas planas y lo hacen un domingo. ¿Acaso el señor ICFES no sabe que el domingo es el día de descanso? Y no lo digo yo, lo dice la biblia que está llena de historias completamente verídicas.
 
No faltó mucho antes de que empezara a recordar mi ICFES day. También fue un domingo, Salí temprano a encontrarme con unos amigos para irnos juntos. Llegamos al colegio y como si fuéramos a votar uno por uno fue entrando a los salones con identificación en mano. Para saber que éramos nosotros y no algún impostor súper dotado que respondiera todas las preguntas bien nos toma la huella del índice, preguntan número de identificación, comparan con la foto, escanean la retina etc. Solo falto prueba de ADN, reconocimiento de voz y que llamaran a mi abuela a ver si ese era yo. Con tantas dudas hasta lo dudé por un momento. Será que ¿yo soy yo? o ¿yo soy otro?
 
Entro un profesor con cara de tener problemas de próstata, nos dictó las reglas de juego y nos repartió la tan esperada prueba. Más de quinientas preguntas y no sabía por dónde comenzar. Tantos días perdidos en PREICFES y simulacros que en nada se parecían. Sin darle más vueltas al asunto empecé a leer y rellenar círculos. Levanté la vista, todo el mundo estaba en lo suyo, algunos muy pensativos, otros relajados, otros a punto de llorar, otros que llenaban los círculos al “tin marin de dos pingue” y un pobre tipo tratando de copiarse de mí sin saber que yo andaba más perdido que él.
 
Después de un largo día y con mi borrador casi en la mitad, le entregué mi examen al viejo prostático y salí corriendo del colegio a ver si podía disfrutar un pedacito de mi domingo. Al salir me encontré con dos amigos. Les pregunté que como les había ido y respondieron lo mismo que responde todo el mundo “bien, yo creo que bien. Toca esperar los resultados”.
 
Dos meses después llegan los resultados y empieza el tráfico de notas. “Profesor, saqué setenta en matemáticas usted dijo que me pasaba. Profesora sesenta y cinco en química ya teníamos un trato” etc. Pero he aquí lo injusto, David un excelente estudiante durante todo el colegio, ve timbrado en sus resultados un promedio más bajo que el de Juan, el peor estudiante que he visto en mi vida; hasta creo que es ahora un árbitro de futbol.
 
Bueno, mi promedio fue de cincuenta y siete y me da igual porque nunca me lo han pedido para nada, ni me ha servido para nada. Lo único bueno del ICFES fue la fiesta afterICFES cuya piñata arrojó lápices, tajalápiz, y pequeños borradores de nata.
 
Por toda esta improductividad me atrevo a dar cinco consejos para la realización de este examen. Numero uno: que el examen sea el día lunes, para que los estudiantes lleguen descansados de su fin de semana y no pierdan el domingo. Dos: que la verificación de identidad no sea tan engorrosa, con una muestra de células madre es más que suficiente. Tres: que los veedores de aula no sean viejos prostáticos, mejor las chicas águila o si no hay presupuesto pues las rellenitas bailarinas de la inauguración del mundial. Cuatro: que sean tres preguntas por materia. Y cinco: para que no sea una pérdida de tiempo que a los cien primeros puestos les den como premio un BMW, una casa en la playa o algo así para que aliente a los estudiantes. Y el que quede de ultimo lo ponemos a bailar los aeroticos de Muy Buenos Días con Jota Mario, Bon Jovi y Neru.
 
Pero como sé que seguramente mis observaciones no serán tenidas en cuenta en el Ministerio de Educación. Desde ya envió mi solidaridad a las actuales y futuras generaciones que perderán un domingo planchando nalgas en el examen más largo e inútil de Colombia; el ICFES.

Twitter: @Jairo_Cardenas7

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